Era de justicia dedicarte estas líneas, hacerte un pequeño homenaje ya que como afirma el título llenas y das sentido a mis veranos.
No recuerdo qué edad tenía cuándo te conocí, pero sí que recuerdo que entraste en mi vida siendo muy pequeño, en una noche de Reyes, en unas imagino, típicas Navidades de mi infancia con una Nochebuena y Navidad en Valencia, Nochevieja y Año Nuevo en Moixent y ya a Albacete, donde esperaba con ganas la cabalgata de Reyes y esa noche y día mágicos que venían tras su triunfal y alegre desfile.
Recuerdo encenderse la luz y allí estabas tú, en esa sala que teníamos en aquella casa de la que no recuerdo más que vagos detalles, imponente, majestuosa, orgullosa, destacando… Eras de color rojo y al igual que ocurre en el tópico, nada más verte, todo lo demás dejó de existir, me subí a ti y paseé contigo por aquella sala.
Sin embargo, pese a que te conocí en Albacete, profundicé más en ti en Quesa, donde vives habitualmente y donde tanto hace años como ahora, siempre que voy deseo por encima de todo tener una cita y estar contigo a solas.
Al principio tenías cuatro ruedas y la verdad es que el trato contigo era la mar de fácil, todo parecía perfecto encima de ti. Luego mi padre te quito una de las ruedas y pese a mi pensamiento inicial de que muchas cosas iban a cambiar en mi relación contigo, la verdad es que no fue para tanto. El cambio vendría poco después cuando pasaste a ser realmente lo que eras, una bicicleta, sin ruedas de más ni de menos y en ese momento, recuerdo que el trato contigo se hizo difícil de verdad. Ya no eras la de siempre, ya no era tan fácil estar contigo. Muchas veces me hacías caer, muchas veces me sentía inseguro. No me daba cuenta de que aún no estaba a tu altura, de que habías hecho un esfuerzo poniéndote esas dos ruedas de más… No me fue fácil, pero con la ayuda de mi padre y en los carrerones que hay junto a la c/ San Pedro, practiqué y practiqué, sin dejar de pensar que estaba jugando para poder entenderte y poder pasar más buenos ratos junto a ti. Aún no era consciente de la gran rentabilidad que ese esfuerzo, juego y reto me supondría.
Luego llegarían las mañanas y tardes de verano con Oriol, mi primo de Barcelona, que en aquel momento también era un loco de la bici y nos íbamos siempre con vosotras a la piscina, al río, al cementerio, al circui o a investigar caminos cercanos. Con él llegó mi primera gran caída cuando por un pequeño pique rozaron las dos ruedas traseras y salimos disparados los dos, afortunadamente todo quedó en un susto, aunque la caída fue espectacular. En realidad poca cosa nos ha pasado, pedaleando con chanclas, con mi madre de vez en cuando, recibiendo quejas sobre lo alocados que íbamos mi primo y yo a bordo de vosotras. Era el tiempo en que la ciudad de mi primo se presentaba al mundo como capital del deporte, era un tiempo en que el ciclista Miguel Induráin dominaría durante dos años seguidos las carreteras de Italia y cinco también consecutivos las de Francia.
Oriol vendría cada vez menos, pero yo seguía con tu compañía. Poco a poco, el ir a la piscina, al río o al cementerio se me quedaría pequeño, necesitaba nuevas experiencias, ir a los pueblos de al lado, ir hasta los lagos, ir hasta sitios que estuvieran situados a cierta distancia. Así, fuimos a Bicorp con Oriol y Toni, el policía de Quesa y empezó el tiempo en que mi padre hizo de coche escoba detrás de mí hasta Bolbaite, Chella, Navarrés y en aquella vuelta a La Canal que emprendí con 15 años y que por 12 km. no pude acabar ya que se me hizo de noche, bicicleta al maletero y vuelta a casa. Pese a no acabarla yo estaba muy contento.
A los 17 años, en un fin de semana en el colegio ya había empezado y yo cerraba la temporada ciclista, tuve el mayor susto contigo. Por un camino que conocía de sobra, quise cronometrarme y saber lo que tardaba. Pedaleaba como nunca, corría a todo correr y en un acelerón que di en una curva pasó lo que se esperaba y yo no veía, salí por encima del manillar y con toda la parte izquierda de la espalda (desde escápula hasta glúteos) y volviendo a casa vencido, humillado y arrastrando la bicicleta por las calles di por finalizada aquella temporada ciclista.
Llegaron nuevos caminos, nuevas rutas, la compañía efímera de mi tío Jesús. Visitas a la cueva de la Araña, la cuesta insubible, el final del camino al pantano por Quesa, al abrigo del Voro… Todas las que han venido y las que vendrán…
En fin… Este pequeño homenaje para ti, porque me has hecho sentir (por supuesto, marcando las distancias con todos estos monstruos) como Induráin en la contrarreloj de Luxemburgo, en la entrada a Quesa y en el puente de Bicorp; como Carlos Sastre en la subida al Alpe d’Huez por el puerto de los Arroces, el de Sumacàrcer o la cuesta del Molino; como un corredor de 2ª fila en una etapa de transición en el recorrido Moixent-Fontanars; como Ocaña en el col de Menté por el camino de la Fuente del Príncipe…
Momentos y más momentos contigo, que desde hace tiempo guardo como los mejores de cada verano.
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